domingo, 22 de diciembre de 2013

¿Será enserio que el amor nos da alas?


La encaró en una plaza, caminó detrás de ella como si le susurrara cosas dulces al oído. Cuando ella emprendió vuelo él también la siguió. Como quien no quiere la cosa, se fue acercando, echando nerviosos vistazos.

Ella lo controlaba con la mirada y se alejaba conforme él se acercaba. Hablaban, pero ella no se dejaba convencer por sus lisonjeos. Volvieron a la plaza, él continuaba halagándola. La siguió presuroso por toda la plaza para no perderse en el veloz paso de ella. Realmente creía en eso de “persevera y triunfarás”.

Cuando ella nuevamente emprendió vuelo hacia el viejo edificio de la facultad de ingeniería, la siguió también. Tal vez con la esperanza de que ahora sí llegaría su momento.


Se perdieron en el cielo de Buenos Aires, dos palomas jugando a la humanidad.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Fragmentos sueltos de pensamiento en una noche de verano


-Caminar descalzo por la ciudad tiene algo de transgresor que lo hace muy liberador y placentero.
-Quiero aprender a tocar la guitarra y a dibujar.
-Quisiera poder escribir más seguido.
-Me gustaría conocer a alguien con quien pudiera recostarme, mirar el cielo y hablar poco. Que no tenga miedo al silencio ni al autoconocimiento que este implica.
-Quiero ir de camping a Punta Indio.
-Quisiera que hubiese trenes a lugares recónditos y poco poblados.
-Quisiera que se viesen más estrellas en el cielo de Buenos Aires.
-Me encanta la brisa fresca que me está pegando y que me genera escalofríos.
-Acabo de ver una estrella fugaz por primera vez en mi vida.

lunes, 19 de agosto de 2013

Lógica personal


Los años, y con ellos las relaciones (de amor, de trabajo, de amistad e incluso de enemistad), me han convencido de que todos actuamos siguiendo una lógica propia que para nosotros guarda el mayor sentido.
Exceptuando a los locos de verdad, los locos “José Borda”; todos nosotros por más “locos” que digamos estar -y al parecer es un atributo muy común la “locura” en nuestros días- nos guiamos por una lógica que define nuestras actitudes y comportamientos.

Evidentemente habrá personas más convencionales, que se manejan por una lógica más familiar y por ende, que nos es más fácil reconocer; y personas más singulares, cuyas lógicas internas son más difíciles de descubrir, y que a menudo darán la impresión de no seguir ninguna o actuar de forma irracional.

He encontrado que comprender la lógica personal que guía a cada individuo es de gran ayuda a la hora de relacionarnos, pues permite pararnos desde una posición mucho más cercana a la otra persona y entenderlo mejor. Llegar a conocer -incluso de antemano- las cosas que le molestan o le van a molestar y por qué lo hacen, y de ésta manera, formar una relación mucho más “sana”. Se pueden eliminar discusiones que en última instancia, son evitables (es curioso como muchas de las veces en las que estas discusiones “evitables” acontecen, luego caigamos en la cuenta de que, efectivamente, eran evitables).

Lograr aunque sea atisbar ésta lógica no es una cuestión de magia, o de realizar una labor detectivesca sobre la otra persona. Basta con escuchar atentamente cuando habla; interesarse por sus ideas, sus pensamientos, sus gustos; observar cómo reacciona ante distintas circunstancias… en definitiva, ni más ni menos que lo que uno experimente a diario en una relación interpersonal cualquiera. Habida cuenta que toda relación implica una comunicación (un saludito para Paul Watzlawic, que dice que no se pierde ni un post!), toda comunicación una opinión y, como dijera Pichon Rivière, toda opinión es una toma de posición.

En definitiva, no es más que hacer lo que hacemos todos los días, relacionarnos. Pero poniendo atención en la otra persona y no filtrando la comunicación desde una postura donde lo único que se rescata es lo que interesa a uno mismo.

Creo que éste ejercicio es algo que, embrionariamente, todos intentamos hacer ante cada relación. El hecho de que casi no existan los seres humanos asociales me parece  prueba suficiente de que a fin de cuentas todos buscamos relacionarnos con la mayor eficacia posible, y la diferencia estriba en el grado de éxito que cada quién alcanza en realizar éste ejercicio de entender a la otra persona. Éxito que por otro lado, para mí, reside en la conciencia o el grado de intencionalidad con el cual efectuamos ésta práctica.

Creo que realizar éste ejercicio es realmente valioso y útil si nuestro objetivo es formar mejores y más profundas relaciones, en lugar de superfluosidades carentes de futuro.

miércoles, 10 de julio de 2013

Una ducha de introspección


Necesito aprender a dejarme llevar. Necesito -desesperadamente- aprender a dejarme llevar. Estoy demasiado acostumbrado a tener todo bajo control, a ser la persona de referencia, la que siempre tiene una respuesta o una sugerencia atinente.

Entiendo que detrás de esta actitud hay una buena dosis de vanidad y egocentrismo, de saberme con más recursos que el resto (recursos adquiridos por esfuerzo propio por otro lado, tampoco es que me de vergüenza el hecho de tenerlos). Pero me parece que no acaba ahí la razón de esta forma de ser. Pienso que detrás de todo el orgullo y la auto-complacencia, se oculta una persona con un miedo enorme a no tener las cosas bajo control. Un miedo enorme a decir “no sé” o encontrarse sobrepasado por una situación.

No es que yo, de repente, sienta un deseo autolascerante de experimentar lo que se siente la impotencia de no saber qué hacer; pero creo que la tendencia a tener las cosas bajo control se extendió hasta un punto paralizante. Se extendió hasta el punto de no hacer cosas que sé que deseo hacer, por no poder prever de qué forma habrán de terminar. Y entonces empiezo a perder cosas que me gustaría conocer y termino cerrado en la seguridad que da la certeza. Y eso no puedo permitírmelo.

 El desafío entonces es lograr aprender a dejarme llevar un poco más, saber disfrutar de la sensación de desconcierto o incertidumbre que dan las cosas de las que uno no tiene control.

Mas avizoro un panorama por demás difícil, son muchos años de ser así como para poder cambiarlo. Es más, si es cierto que detrás de esa necesidad de control se esconde la necesidad de sentirme seguro, ni siquiera me hago ilusiones sobre qué tan profundo pueda llegar esta experiencia. Al menos llevándola a cabo por mi propia cuenta.

 ¿Puede acaso obligarse uno mismo a ser distinto a como es? Creo que correría el riesgo de caer en la racionalización de un argumento sólo para saltearme una experimentación verdadera, que realmente podría llegar a causarme malestar. Y da la casualidad que son aquellas justamente las que podrían dejar un nuevo enfoque para ver las cosas, uno que ponga en cuestión la forma en que yo mismo estructuro mi vida.

Las preguntas que se infieren detrás de todo esto son, ¿qué tan dispuesto estoy a cambiar mi forma de ser? O más claro aún, ¿estoy dispuesto a hacerlo? ¿Me animaré a dejar la seguridad que me ofrece mi más que cómoda forma de ser actual? ¿Vale realmente la pena hacerlo?

Lamentablemente, creo que hay grandes chances de que esto quede nada más que en una intención (o en un post) si lo dejan librado a mí mismo. Me parece que no soy tan valiente.


Sé que necesito aprender a dejarme llevar, pero creo que también necesito a alguien que me “obligue” a hacerlo. No una obligación autoritaria, sino una persona que me anime a hacerlo, que me desafíe y que me muestre las cosas que me estoy perdiendo. Que me haga querer cambiar y que esté para acompañarme en los momentos en los que (seguramente) me sentiré inseguro.

domingo, 30 de junio de 2013

Anahí


La impotencia. Uno de los sentimientos que más enojo y terror provocan en mí. Simplemente no hay nada que hacer, eso es impotencia. Nunca supe aceptar que no hay nada que pueda hacer. Eso es lo que siento ahora. Eso y cierto sentido de la responsabilidad que se asemeja a la culpa.

No fuimos amantes, ni grandes amigos, ni tan siquiera amigos. Al contrario, nuestras vidas coincidieron fugazmente, menos de una semana. Y sin embargo, yo percibí algunas de las cosas que te pasaban. Lo percibí y sabía que podía ayudarte. Es más, me propuse hacerlo. Pero lo de siempre, lo que tardo en poner en marcha los proyectos… Claro, si el que se jode soy yo no hay problema, pero debo aprender cuando se trata de otras personas. Hay personas que no pueden darse el lujo de la espera.

¿Qué consuelo es decir que trataré de aprender de esta experiencia? ¿De que servirá decir que a partir de ahora voy a tratar de cambiar?

Perdón Ani. Perdón una y mil veces. Me siento ridículo cuando pienso que mi única justificación es “y bueno, siempre fui lento para arrancar”. Debería haberme acercado a vos. Yo sé que podría haberte ayudado. Yo sé que vos buscabas una mano, alguien que pusiera un poco de firmeza bajo tus pies porque te sentías hundirte. Perdón, fui demasiado yo. Ese “yo” que generalmente elogio. Esa seguridad que me lleva a pensar que siempre actúo bien y que en todo caso el problema es que el otro no puede adaptarse a mí. Acá erré yo. Debería haber hecho más. No encuentro consuelo (no creo que lo haya, tampoco que lo merezca), no puedo creer lo que pasó.

Que mierda que es la vida a veces. La vida no espera y parece ensañarse aún más con lo que ya de por sí no la tienen fácil. ¿Qué sentido de justicia es ese? ¿Por qué el sufrimiento atrae más sufrimiento? ¿Por qué vos? La peleaste siempre, aunque sabías que tenías pocas armas y todas las de perder. Y yo después doy cátedras sobre resignación… me falta tanto.

Yo mismo escribí en éste lugar de lo importante que podía ser un gesto para una persona. Cómo podía cambiarle la vida, o al menos el día. Podría haberlo hecho. Debería haberlo hecho. Perdón Ani. Sé que no sirve de nada, sé que a vos ya no te sirve que lo diga, pero te juro que me siento muy pero muy mal. Necesitaba pedirte perdón. Esto no es un homenaje, esto no te sirve de una mierda, ni te hace honor en nada, pero en una de esas me sirve a mí para no volver a repetir el error. Ya no puedo ayudarte, pude, y no lo hice. Ahora estoy llorando. No puedo ayudarte, pero puedo prometerte (a vos, o en tu nombre) que no voy a repetir el mismo error. Voy a hacer todo lo posible para no hacerlo al menos. Y voy a tratar de aprender, te lo juro.

Que poquito que se siente. Que poquito que repara lo pasado.

Si escribo esto no es sólo para pedirte disculpas, sino como un compromiso de que no te voy a olvidar nunca. Sé que es poco, sé que te merecías mucho más, sé que en realidad no es nada, pero vas a vivir en mí para siempre. Te lo prometo (y estoy aterrado, ya que me aterran los compromisos).

Hasta siempre Ani, perdón por no haber hecho más, perdón por no ayudarte. Voy a intentar aprender. Me mostraste algo de mí que nunca había visto. Te juro que es un montón, pero no valía ese precio. Hubiera preferido no verlo jamás.


 “Qué puedo hacer, quiero saber, qué me atormenta en mi interior, 
si es el dolor que empieza a ser, miedo a perder, lo que es amor”

lunes, 6 de mayo de 2013

This is the end, beautiful friend



-Ahora quiero estar sola, no puedo enfrentar esto, todo lo que vos pedís.
-¿Y entonces? ¿Nos separamos? ¿Es definitivo?
-Sí, es definitivo… no sé, no sé… capaz que en un mes me agarran ganas de volver y la remaré… no sé…
- …está bien. Creo que esto es una despedida entonces. No sé si en algún momento tendrás ganas de estar conmigo de vuelta, pero aunque las tengas no te veo remándola. Sos muy orgullosa. Me sorprendería que llamases…
- …
- Que quede claro, yo no quería que esto terminase. Sí, últimamente las cosas no iban bien, pero una chance más me hubiese gustado darle. Voy a respetar tu decisión y, aunque me gustaría, no voy a llamarte. Eso sí… si algún día querés que hablemos, la que va a tener que dar el primer paso vas a ser vos.

I'll never look into your eyes...again
Can you picture what will be
So limitless and free?

jueves, 2 de mayo de 2013

Sobre los medios de comunicación actuales


Vamos con una reflexión un poco menos egoísta y -espero- más interesante.

Hace unos días discutíamos con unos amigos sobre la cobertura periodística que le dieron los distintos medios a la marcha del 18 de Abril. Ni me hace falta decir que se veía de todo en base a qué medio se miraba. Con un simple cambio de canal se podía pasar de imaginar una casi revolución “popular” con el país en llamas a una protesta frívola de cipayos ansiosos por dólares.

Es una buena noticia ver que a ésta altura del partido cada vez menos gente es ajena al hecho de que un medio SIEMPRE baja línea en base a su propia conveniencia como empresa. Como comunicador celebro el fin de la mentira de la “objetividad periodística”, tantas veces utilizada para relatar “imparcialmente” hechos que muy lejos estaban de ser reflejados de esa manera.

Sin embargo, la (no)objetividad periodística no es el tema de éste post en particular. Hoy quiero abordar la calidad de los contenidos ofrecidos por los llamados medios y soportes hegemónicos, que nos guste o no se llevan la atención del grueso de la población.

Entre ellos el medio por excelencia, la televisión. Este aparatejo tiene de rehén la atención de las personas desde hace por lo menos 50 años. Las razones de su éxito saltan a la vista. La TV no requiere ningún saber para su uso y disfrute, no requiere esfuerzo alguno, brinda compañía, es inmediato (es decir, no requiere tener paciencia), es fácil “perderse” en sus contenidos y transmite un mensaje muy potente en virtud de las imágenes utilizadas. Éstas son sólo algunas de las muchas razones del éxito de éste invento. Y no es poca cosa si consideramos que en medio de ésta desenfrenada carrera que es el progreso tecnológico de nuestro siglo, cuesta encontrar algún otro desarrollo que acredite tantos años de vigencia y popularidad como la televisión.

Es a raíz de la popularidad de éste medio que se planteo el debate que da pie a todo esto. Fue marcado el retroceso sufrido por la televisión nacional en los últimos 25 años en lo que a calidad de contenidos respecta. La TV fue un fiel reflejo de la (no)política de la Argentina menemista. Gradualmente fueron perdiendo espacios los programas políticos y los que podríamos englobar bajo la genérica categoría de “cultura general”. La oferta de estos canales o programas no es hoy inexistente, pero ciertamente es muy reducida y con un nivel de audiencia casi marginal. Como contrapartida, los minutos dejados libres por éstos programas fueron rápidamente ocupados por programas de reality, concursos, chimentos y como corolario noticieros meta televisivos.

De ésta forma comienza un círculo autorreferencial en el cual la televisión genera noticias de sí misma completando así el vaciamiento del mensaje y la ruptura entre éste y la realidad y por tanto alejándola de cualquier tema ajeno a ella; como puede ser la política, la economía u otros temas de interés general. En contrapartida crece la cobertura del mundo de la farándula y (a falta de fama como justificación) la intimidad de las personas. El interés se logra mantener a fuerza de exteriorizar el morbo del discurrir de la vida y sus conflictos. Se busca la identificación de los televidentes con el personaje ofrecido por la televisión como argumento para atraer a las personas.

El razonamiento sin dudas da resultado a juzgar por los niveles de audiencia alcanzados, el problema son las consecuencias de ésta exacerbación del individualismo y la banalidad. Entre ellas pueden contarse la pérdida del espíritu crítico, del interés por informarse o del interés por el bienestar común; en oposición al crecimiento de la búsqueda del bien personal y egoísta.

Hablamos de un medio que fomenta la apatía, la impaciencia y el desinterés por toda cosa que carezca de espectacularidad y opone a esto como virtudes la imagen, la superficialidad, el conflicto o la -demasiado bien ponderada- viveza (agregue el “criolla” si gusta) entre otras cosas.

Así se explica que en una tarde cualquiera se transmitan en canales consecutivos un reportaje en un comedor infantil que alimenta a un centenar de chicos y que deberá cerrar porque la municipalidad no le manda alimentos y un panel de opinión sobre el último escándalo de Ileana Calabró. Claro, la pequeña diferencia es que el primero salía por el Canal Municipal de Pilar con un presupuesto de producción ínfimo y una audiencia que acompaña fielmente dicho presupuesto y el otro se emitía por un importante canal de aire, el panel estaba integrado por figuras del espectáculo (que me arriesgaría a decir que con el sueldo mensual de tan sólo una de todas ellas podrían cubrirse fácilmente las necesidades del comedor) y sin dudas fue visto por centenares de miles de personas.

Que no se malinterprete, no estoy diciendo que una “mala” televisión sea la culpable de la degradación de la calidad social. El debate de fondo es sobre qué tipo de medios queremos. ¿Queremos medios comprometidos que apunten a mejorar la formación del ciudadano dotándolo de herramientas para mejorar su situación particular y la social en general? ¿O queremos medios que nos entretengan y nos abstraigan de la deprimente rutina del día a día aunque sea a costa del progresivo deterioro de nuestras capacidades de transformación de la sociedad?

Llegados a éste punto, me parece prudente aclarar que cuando hablo de “medios que formen ciudadanos” no estoy adhiriendo a la conocida teoría de la Aguja Hipodérmica[1], más que rebatida a ésta altura de la historia. No pienso que los medios tengan el poder de formar ciudadanos a gusto y piacere, más sí creo que pueden influir de forma indirecta de acuerdo al contenido que transmitan. Subyace el histórico debate del “huevo o la gallina”. ¿Son los medios los que empujan a la sociedad a consumir productos cada vez más superficiales o es la sociedad la que demanda éste tipo de contenidos y los medios sólo responden a éste estímulo?

Creo que no hay una respuesta correcta a ésta pregunta. Se trata de un círculo dialéctico donde ambas partes se retroalimentan de la otra. El problema que esto conlleva es que en lugar de solucionarse el panorama se agudiza día a día.
Admitiendo que la problemática se encuentra de ambos lados, urge la necesidad de al menos dar un esbozo de respuesta o solución.

En ésta instancia me parece clave la diferenciación entre “productores” y “consumidores” de contenidos. Desde el momento en que hay un polo que produce activamente el mensaje y un polo que lo recibe (no pasivamente, pero con menos herramientas para alterarlo) creo que está en manos de los primeros comenzar el cambio.

Por una cuestión puramente instrumental no es el ciudadano quien puede forzar el cambio en los contenidos de los medios. Resulta mucho más factible que sean éstos quienes comiencen a transitar un camino distinto, que busquen formas de interesar al público sin caer en la trivialidad y el mensaje facilista o la espectacularidad como motivaciones para atraer audiencia.

En ese sentido me parece importante pararse críticamente ante el panorama actual,  decidir qué tipos de medios queremos y definir las acciones necesarias para llevarlos por el camino elegido.

Creo, y esto es sólo mi opinión, que los medios deberían estar al servicio de la construcción de un buen ciudadano. Los medios de comunicación -como filtros de contenidos- cumplen un rol tan importante en nuestra sociedad hiper saturada de información como otrora los partidos políticos o las organizaciones gremiales, instituciones históricamente encargadas de “formar” identidad ciudadana, pero hoy deslegitimadas. Ante ésta situación, son los medios de comunicación quienes tienen la llave para comenzar el cambio de mentalidad.

No es un camino fácil, tampoco corto, pero si no comenzamos el cambio por el hecho de que no lo veremos en el corto plazo entonces podemos despedirnos de cualquier proceso de construcción y superación nacional pues, oh casualidad, éste también es un largo proyecto.

domingo, 28 de abril de 2013

¿Qué hacer cuando lo que te atormentan no son recuerdos, sino potenciales?


La vida me ha enseñado a convivir con recuerdos. No siempre es fácil, pero son signos de cosas que has vivido, de cosas que para bien o para mal has experimentado. Mas no he aprendido a convivir con deudas, con cuentas pendientes, con recuerdos que pudieron haber sido pero no fueron. Siempre fue mi karma, el querer abarcar todo, el no saber resignar nada. Ahora me veo forzado a hacerlo. Gran confrontación conmigo mismo.

Me está costando. Repaso las cosas que me gustaría haber hecho y me duele no haber podido realizarlas. Me duele pensar que no todos los días se conocen personas que transmiten tanto potencial. Admito también que me da un poco de miedo la idea de no volver a tener algo así.

No es que lo que pueda pensar sea tan relevante a fin de cuentas, la vida sigue (como sigue siempre y ante cosas mucho peores) por lo que la cuestión no es si se superará o no, sino intentar sacar algo de todo el proceso. Tal vez sea un poco auto flagelante, pero prefiero darme el tiempo para reflexionar y significar la experiencia que dejarla a un costado como algo más de todos los días. No lo merece, y no le estaría haciendo justicia a lo que fue.

En fin, ¿qué auspicioso primer post del año no? C’est la vie muchachos…

"Pero vale la canción buena tormenta, y la companía vale soledad..."